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El método de la frase XAVIER BRU DE SALA

Mallarmé lanzó un tremendo reto a los narradores al afirmar que no haría nunca

una novela porque era incapaz de escribir una sola frase del tipo “la marquesa entró y se quitó los guantes”.

Aunque no les hubiera desafiado, no pocos novelistas habrían recogido igualmente el guante, algunos con la

pretensión de llegar a tanto, la mayoría con la conciencia de evitar al máximo la presencia de frases banales o

anodinas, que no cumplan otra función que la meramente descriptiva. Ya en Flaubert, y por eso es Flaubert,

difícilmente encontraremos frases desprovistas de, por un lado, una carga de sentido que no se agota en la

primera ni en la enésima lectura, y por otro de un primor y originalidad constructivas. Si Valéry desenmascaró,

en el ensayo y la filosofía, la multitud de conceptos ‘perroquet’ que pululaban por ahí, sin un significado

preciso pero de gran apariencia, conceptos huecos que usamos a mansalva cuando no sabemos qué

poner o no alcanzamos a perfilar el pensamiento, a despejar sus brumas con el esfuerzo metódico de la mente,

resultaría de extrema utilidad el ejercicio de aislar, para empezar en Flaubert, las frases-loro, repeticiones de

otras, sin sentido o entidad propia, desnudas de artificio u originalidad, tanto en la intención como en el

resultado. Frases que no son nada fuera de su contexto.

En Proust no debe haber ninguna, pues las componía con tantos recovecos, que la marquesa se quitaba los

guantes entre tal multitud de reflejos y consideraciones, que aquel acto se convertía en mucho

más que una simple acción. ¿Y Faulkner? ¿Y Joyce? ¿Y Beckett, aunque Beckett, como luego Celan,

escribe con restos de frases tras el derrumbe del lenguaje? Tomad una obra de estos autores, abrid al azar y

sospesad una frase. Lo hacéis varias veces y vais apuntando el resultado. Si las frases excepcionales,

cinceladas, fulgurantes, pasmosas, geniales, o simplemente buenas o brillantes, no son todas, poco faltará. En

Virgilio, en Dante, en Shakespeare, son diez de diez, y en grado superlativo. Las suertes virgilianas

consistían en enfrentarse al futuro mediante un verso de la ‘Eneida’ escogido al azar. De ello se deduce que

toda frase del gran Virgilio nos dice algo sobre cualquier situación imaginable.

Estamos pues en las antípodas narrativas de la marquesa que Mallarmé se abstuvo de crear porque no sabía

cómo quitarle los guantes sin caer en la más lamentable de las banalidades.

He aquí pues un método bien sencillo, al alcance de todo el mundo, para valorar a los escritores. Abrid varias

veces por el método virgiliano un best seller cualquiera. ¿Con qué frases os topáis? Si son todas, aisladas del

contexto, para tirar, e incluso con la nariz tapada, de tanto hedor como exhalan, el autor no es un escritor

verdadero sino un artesano del entretenimiento. Tal vez muy bueno, pero no un artista de la palabra.

Del mismo modo, si Mann no os acaba de hacer feliz a pesar de su altísimo nivel, podréis descubrir que su

porcentaje de frases excepcionales es más bajo que el de Tolstoi.

Una criba de los latinoamericanos atendiendo a la proporción de frases no banales dejará a Cortázar por

encima de García Márquez, y a Rulfo y Guimarães Rosa en el cielo. No es el único baremo, y a menudo puede

ser corregido por otras consideraciones, añadiendo o quitando valor al autor, pero es sencillo y funciona a las

mil maravillas. Si el índice de frases buenas ronda la mitad, quitaos el sombrero y reverencia. ¿Y si no llega

al diez por ciento? Ya es mucho, aplaudidlas, pues con ellas podrías llenar un buen cuaderno. Pero si no hay ni

una, o la que encontráis anda sin acompañamiento como el garbanzo huérfano en la sopa del Buscón, ya

sabéis a qué ateneros. Al revés, si lográis escribir un libro, de lo que sea, en el que abunden las frases con

enjundia, jugo y sabor propio, quedará demostrado que sois buenos escritores.

(Todo lo dicho vale para el cine, si cambiáis frase por plano)

Fuente:

La Vanguardia Miércoles, 8 febrero 2006

Culturas pag. 15

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