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VANDÁLICO ATENTADO CONTRA EL GRUPO ESCULTÓRICO «LA PIEDAD», DE MIGUEL ÁNGEL

Uh exiliado húngaro, perturbado mental, dañó seriamente, con un martillo, la imagen de la Virgen.- Los pedazos han sido recogidos con vistas a una inmediata restauración

ROMA, 22. (Crónica de nuestro corresponsal.) Un grito

de horror surgió de entre el grupo de turistas, holandeses

en su mayor parte, que estaban escuchando las explicaciones

que el «cicerone’ daba sobre el famoso grupo de ‘La

Piedad; de Miguel Ángel, en la primera capilla a la derecha

cuando se entra en la basílica de San Pedro. Allá, en el

fondo del templo, en el ábside, estaba a punto de terminar

la ceremonia religiosa de Pentecostés y los cantos de la

capilla se interrumpieron, los monseñores oficiantes suspendieron

sus ritos, la gente que asistía al oficio corrió hacía

la salida, temiendo la explosión de una bomba. Un hombre

de .34 años, un australiano de origen húngaro, Laszlo Toth,

bien vestido, melenudo y con barba, había saltado la valla

de madera que impide el acceso a la pequeña capilla y había

desaparecido tras el monumento de mármol, para reaparecer

unos segundos después armado de un martillo con el

que se dispuso a destrozar la gran obra maestra de Miguel

Ángel, el monumento de ‘La Piedad; que realizó entre 1498

y 150Í. Afirmaba ser Jesucristo resucitado, y con un primer

golpe de su pesado martillo desgajó el brazo izquierdo de la

Virgen, que cayó al suelo, haciéndose añicos la mano. Un

bombero genovés, que se encontraba entre el grupo de turistas,

dio un salto y derribó al suelo al demente sacrilego,

pero no pudo evitar que otros martillazos destrozaran la nariz

de la dulcísima Virgen y el párpado izquierdo, siendo golpeados

también la mejilla y una parte del velo de mármol

transparente. Gritos de horror, confusión, correr de gendarmes

pontificios, acompañaron este vandálico atentado contra

una de las obras de arte más famosas del mundo, contra

este monumento de Incomparable belleza, en el que la imagen

de la Virgen, muy joven, despertó siempre admiración

inmensa por su hermosura, por su dulzura, por su actitud

de madre herida ante el cuerpo de Jesucristo yacente sobre

sus rodillas.

P I E D A D

Con cuatro o cinco martillazos, un loco ha mutilado el rostro y un

brazo de María en la «Piedad» de Miguel Ángel, en la Basílica de San

Pedro. Y ¡o ha hecho en el mediodía romano de la Pascua de Pentecostés,

No creemos que el hecho pida de nosotros un eco tardío y lejano

de lia ira ds la muchedumbre que presenció el atentado. Quisiéramos más

bien contemplarlo con algo del dolor sereno de la misma «Piedad».

Este atentado, como otros, es un signo, y si hemos de hablar de

enfermedad, un síntoma. No es, en todo caso, algo imprevisible ni s.qu.era

imprevisto. Dicen que faltaba menos de un mes para colocar un cristal

irrompible que protegiera la obra maestra que el juvenil Miguel Ángel

esculpió en la misma Roma. Y se recuerda igualmente el cúmulo de

protecciones y garantías con que se llevó lia «Piedad» a Nueva York, cuando

la Exposición Mundial de 1964 y 65. Todos sabemos que nunca como

ahora las obras de arte han sido tan admiradas por tantas personas, y

nunca como ahora estamos tan próximos a que cualquier enfermo mental

pueda destruir en cualquier sitio cualquier obra, la más valiosa. Lo que

apunta la Organización Mundial de la Salud cuando nos habla de la salud

mental no es ninguna broma. La locura se mueve entre nosotros y no es

fácil curarla.

Lazlo Toth, el australiano de origen húngaro que el domingo atacó

a martillazos la «Pietá», no es la primera vez que se asoma a los periódicos.

¿No leemos que en noviembre pasado, en una entrevista publicada

en «II Messaggero» de Roma, se presentaba como un geólogo que había

abandonado Australia y regresado a Europa porque tenía «varios misterios

que revelar»? Las revelaciones del geólogo —si lo es— no han

conmovido a ios expertos. Y en su delirio el hombre ha acudido a algo,

sí, misterioso: la destrucción violenta de una obra bella.

Hemos escrito la palabra «delirio» ¿Cabe otra para referirnos a quien

ataca a martillazos el rostro sereno y doloroso de María y el brazo que

sostiene el cuerpo del hijo muerto, y unos instantes después, cuando la

muchedumbre se vuelve contra él, grita que mejor que le maten, porque

así, irá directamente al Paraíso? Tales delirios no son nuevos, pero lo que

es nuevo es el ámbito de curiosidad mundial en que se producen esos

actos de violencia oscuramente encaminados a premiar ai autor con una

notoriedad, por lo visto profundamente anhelada. Estamos en un mundo

en que la sociedad pone enfermos de notoriedad a muchos semejantes. Y

el único afán que se les abre es el más fácil: la violencia destructora y

gratuita.

Se necesita un Miguel Ángel para crear la «Piedad». Cualquiera basta

para destruirla. Y ni siquiera nos queda el consuelo de pedir cuentas

porque tememos encontrarnos con un enfermo que no supimos descubrir

ni curar, con un desgraciado que, pese a sus locuras, no habla conseguido

todavía atraer la atención.

LA VANGUARDIA  MARTES, 23 DE MAYO DE 1972 p.23

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