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Ni el propio Tàpies podía llegar a imaginárselo. Entre el último mes de 1991 y la primera mitad de 1992 el caso del calcetín saltó a la opinión pública y generó un debate sin precedentes. En palabras del propio autor, aquello fue “una explosión sociológica”. La maqueta de un calcetín de 18 centímetros con dos agujeros y sostenido sobre una cruz desató todo tipo de opiniones. Lo que debía llegar a ser una escultura de 20 metros para la sala Oval del Museu Nacional d’Art de Catalunya nunca se realizó. La falta de unanimidad paralizó el proyecto.

Ramon Guardans, por entonces vice- presidente del patronato MNAC, decla- ró que el calcetín era “una aberración” (“Diario Vasco”, 28/I/1992). Oriol Bohigas respondió acusando de “reacciona- rios, incultos y conservadores” a los que se oponían a su instalación. El empate de opinión que se produjo en el patrona- to del museo trasladó la decisión al en- tonces conseller de Cultura de la Genera- litat, Joan Guitart. Su excesiva tibieza hizo que el fuego corriera como la pólvo- ra. No hubo medio de comunicación que no terciara. Periódicos nacionales, re- gionales y locales; políticos, expertos y gente de la calle; periodistas, críticos y humoristas, todos dijeron la suya.

El calcetín que Tàpies había concebi- do con “una voluntad entre frasciscana y budista”, la crítica de arte Victoria Combalía lo utilizó como el ejemplo que “simboliza perfectamente el espíritu ca- talán” (“El País” 20/I/1992). Entre tanto, en una encuesta que “La Vanguardia” (26/I/1992) titulaba “El calcetín de Tàpies, ¿sí o no?”, un peluquero de Barcelo- na se declaraba a favor de la obra. Josep Vilaseca respondía con un sí y exponía sus motivos: “Tàpies ha acertado al re- presentar en él el espíritu de la sociedad actual”. A renglón seguido añadía enig- máticamente: “Es el envoltorio de la na- da, sin la posibilidad de llenarlo.”

Lo cierto es que no todas las opinio- nes se expresaron con la misma mesura. El debate desplegó un registro muy variado de razonamientos, énfasis y to- nos. Desde la cautela de Daniel Giralt- Miracle, todavía director del Museu d’Art Contemporani de Barcelona, y que advertía de que sería necesario “preci- sar tamaño y materiales” (“La Vanguar- dia”, 26/I/1992) a ataques de sinceridad, como el de Pilar Rahola, política y co- lumnista que tachó a los defensores del calcetín de partidarios de “una rancia modernez oficial” (“Avui”, 31/I/1992).

Pero la cosa no quedó ahí. Viñetas escatológicas, ingenuas y airadas com- paraban la idea del calcetín con lo vul- gar, lo sucio y lo abyecto, cuando no se la despachaba como una ocurrencia ba- nal responsable del alboroto y quebrade- ro de cabeza con el que se enfrentaban intelectuales y políticos. El calcetín ins- piró rimas de todo tipo y fue utilizado co- mo modelo para las monas de Pascua.

Sin embargo, esa disparidad de tonos replicó los mismos extremos sublimes y escatológicos que la obra de Tàpies con- tiene en su conjunto. Pues muy a menu- do las cruces de materia pesada convi- ven con graffitis de genitales. La obsce- nidad que en algunos momentos se des- prendió del debate no era ajena a la iden- tidad de la obra. El debate se desarrolló de tal manera y con tal celeridad que em- pequeñeció aún más la maqueta que lo había originado. La diatriba convirtió en algo insignificante y transitorio al po- bre calcetín. Tàpies había producido la mayor obra pública de su carrera. Una obra cuya existencia se sostuvo mien- tras duró el debate. Diluida la tensión que la mantenía lo único que ha queda- do es un voluminoso dossier de prensa.

Tampoco es casualidad que el caso del calcetín estallara cuando Barcelona se preparaba para los JJ.OO. del 92. El consenso social y el entusiasmo colectivo fabricados para recibir los Juegos se vengó con un ejercicio de soberanía social, que al final resolvieron los políticos. La magnitud del caso hizo que has- ta el “Herald Tribune” (25/III/1992) se preguntase: “¿Quiere Barcelona real- mente un calcetín agujereado por esta- tua?”, y que el diario italiano “La Reppublica” (26/III/92) le dedicase un titular: “Calcetín de autor divide España”.

Llamémosle referéndum estético, opinión pública, incluso escarnio, sea cual sea el balance, el calcetín de Tàpies catalizó un retrato de nuestra sociedad civil.

CARLES GUERRA

4 Culturas La Vanguardia Miércoles, 10 diciembre 2003

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